Lo que Sandy se llevó

Lo que Sandy se llevó

La verdad no me había enterado de que habría un huracán hasta dos días antes de que sucediera. Una que se la vive dentro de la casa cuidando pequeñuelas no tiene mucho tiempo para andar checando qué pasa con el clima. Mis jefes sonreían cada que me veían, diciendo: ‘Será tu primer huracán! Qué sientes?’. Pues, nada. No sé que sentir, si ustedes no están corriendo por las calles asustados, entonces no me voy a alterar.

Sus primeras instrucciones fueron respecto a la energía: seguramente la íbamos a perder, por lo que había que poner lavadoras y secadoras con todo lo que se pudiera, bañarnos, usar el internet como un despido a la teconología, y cargar todos los aparatos electrónicos. Lo único que observaba era a los señores corriendo de lado a lado, yendo al super por comida que no se fuera a echar a perder sin refrigeración, baterías, velas ‘de a mentis’ para que las pequeñas no se quemaran, dando últímos detalles a su trabajo en la computadora, escuchando la radio para saber lo que iba pasando con el huracán de nombre Sandy, y metiendo a la casa todo mueble de jardín y decoración de Halloween que estuviera fuera y se viera potencialmente débil.

La casa estaba prácticamente hermética. Donde yo empecé a hiperventilar fue cuando me platicaron que normalmente con este tipo de tormentas, la energía se va por más o menos una semana, tiempo en el que no puedes salir mucho de casa porque básicamente no hay nada que hacer (todo está muy disperso entonces no hay tienditas cerca), hay cables por todos lados y es mejor quedarte calientito… mientras el calor de la calefacción durara. Por mi parte, comencé a avisar a familia y amigos que estaría incomunicada por un buen rato y que no se preocuparan. Repito: mis jefes no andaban histéricos, entonces mantuve la calma. Fue hasta que comencé a escuchar las noticias del después y la preocupación de las personas, que me di cuenta de lo grave que estuvo, pero ya llegaré a esa parte.

Estaba yo felizmente jugando a no se qué con las niñas, cuando de pronto: Flash! La chica del bikini azul! Bueno, fue más bien un: Con el apagón, qué cosa sucede? Así, nos quedamos como venados lampareados en lo que nos caía el veinte de que la época de penumbra y encerrón comenzaba. Y apenas era la una de la tarde. Empezaron los fuertes vientos y el frillito, pero nosotros seguimos normal. A medida de que iba anocheciendo, cosa que acá sucede a las cinco de la tarde, santo ventarrón que se veía por las ventanas. Los árboles tal cual como en las películas se iban de ladito y las pobres hojitas aferrándose mientras se escuchaba el aullido del viento como película de terror, y todavía se sentía más pues la casa está en pura zona boscosa. Otro sonido que se escuchaba era el de la madera de los árboles tronar, un sonido bonito, pero no tan placentero.

Era la hora de cenar y al estar todo oscuro, prendimos las dizque velas que hasta efecto de vela de cera hacen para que nos iluminaran los platos. Algo que me dio risa fue que la estufa que normalmente funcionaba de manera eléctrica, ahora tenía que ser prendida con un cerillo o encendedor, entonces mi jefa súper asustada cuando la intenté prender con un cerillo dándome instrucciones con paso uno, paso dos para prenderla cuando yo la verdad ni la escuché y la prendí como si nada. Se me quedó viendo diciendo: ‘Eso es peligroso!’. Viviendo en México, eso es cosa de todos los días queridis; hasta con una servilleta hecha taquito te la echo a andar.

Pensé que sería un pedacito de infierno estar encerrada en la casa, trabajando diez horas diarias seguidas porque obviamente se cancelaron las clases, entonces las pequeñas que suelen levantarse como a las siete y media de la mañana estarían bajo mi cuidado todo ese tiempo sin oportunidad de salir con sus amiguitos o mínimo al jardín. Al final fue sencillo porque mal criarlas fue algo necesario: acorde a sus padres, para que la comida no se echara a perder, podían comer lo que quiseran mientras se lo terminaran. Viene la nieve, viene el yoghurt lleno de azúcar, vienen las uvas y los palitos de queso. Cosa más maravillosa no me pudo haber pasado.

Nos teníamos que poner de acuerdo para abrir el refigerador y sacar cuanta cosa quisiéramos en el momento y así evitar que perdiera frío. Como niña del periódico andaba yo por la casa: ‘Le haré de comer a las niñas, qué quieren del refri? Bueno, eso en un lindo inglés claro 🙂

Hasta ahora, están pensando lo mismo que yo? Sí. Estilo de vida de búnker. Sin energía, otra cosa que no serviría era el lava vajillas, entonces mis jefes como si fuera una gran pérdida diciendo que ahora tendríamos que lavar las ollas con agua fría. De verdad no saben de dónde viene una. Esta personita era la más feliz lavando lo que no fuera plato o cubierto desechable, es tan relajante! Así que por mi parte no hubo problema, pero ellos parecieron extrañar ese artefacto bastante. Ahora, para no andar lavando todo el tiempo (claro, porque tiempo no tendríamos de sobra), teníamos que usar puras cosas desechables: vasos, platos, cubiertos.

Debo decir que al final era agradable cenar a la luz de las ‘velas’ y comer mil cosas como todo un banquete para después terminar todos dormidos en el sótano por aquello del árbol que pudiese caer sobre la casa en la noche. Irónicamente, era yo la única con un cuarto hecho y derecho esa noche (mi cuarto está abajo), mientras que la familia durmió en un sofá-cama juntitos para no perder calor.

Al día siguiente, cual mañana de Navidad, todos asomándonos curiosos a las ventanas para ver cómo había quedado todo. Resultado: el árbol enorme de la vecina de enfrente totalmente caído bloqueando la calle, cables tirados por todos lados, hojas por doquier, el espejo lateral del carro roto por una rama, eso fue todo. Ah claro, seguíamos sin luz ni agua caliente, pero la esperanzada de yo continuaba preguntando si por alguna razón tendríamos energía pronto. Una cara triste era lo único que obtenía de respuesta.

Mi celular tenía un poco de batería, entonces aproveché para mandar algunos mensajes preguntando a amigas de la zona si estaban bien y todas contestaban lo mismo: árboles caídos, sin luz, encerradas, pero bien. La señal no era muy buena, pero la radio servía perfecto. Escuchábamos cosas tipo: muchas casas fueron afectadas, una señora perdió la vida porque pisó un charco donde había un cable y se electrocutó, los super mercados están vacios, etc. Amigos de los señores llamaban a sus celulares para ver cómo estábamos, y yo, sin poder contactar a mi familia.

Lo impresionante de todo fue la movilización de las personas. Al segundo día ya teníamos gente afuera de la casa checando el cableado y cortando los árboles caídos en pedazos para poder recogerlos y limpiar las calles. Es lo bueno de que toda la locura climática haya durado un solo día, aunque lo demás se prolongaría hasta el 11 de noviembre. Algunos árboles cayeron sobre el techo de las casas, y uno que otro carro pasó a ser inservible, pero la mayoría de la personas de mi zona estaban sanas y salvas, lo grave fue en la mera costa.

Seguíamos con vida búnker, pero ahora la familia regresó a sus cuartos ya sin amenaza de que un árbol cayera sobre su cama o algo por el estilo. En lo personal, se me llegaban a olvidar las reglas de nuestro estilo de vida pasajero, entonces ahí me veían sirviéndome agua de la llave como normalente lo hacía, sin recordar que los filtros no servían; agarrando vasos de vidrio y dejando a un lado el agua embotellada. Seguía pensando que la cosa no sería tan grave y que para el próximo fin de semana podría irme a NYC en tren tranquilamente, pero claro que por supuesto que las líneas del tren no servían, y no lo harían en un buen rato. Era de vital importancia arreglar el medio de transporte principal de las personas, ya que es como la gran mayoría de ellas llegan a su trabajo. Todo se detuvo y al mismo tiempo se agilizó para arreglar los daños.

El lado bueno? Pudimos disfrutar de momentos muy amenos sin distracciones de celular o trabajo, porque lo único que había para hacer era estar sentados enfrente de la chimenea y comiendo cual delicia no echada a perder se nos ocurriera. Un poco de tiempo familiar vestido de ropa cómoda y nada de prisas por terminar algo: teníamos todo el día.

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